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siete habitos del predicador

Jueves, 15 de Octubre de 2009 adolfo Dejar un comentario Ir a comentarios

Al ocuparnos en la preparación del sermón a lo largo de la semana, mantengamos suprema en nuestra mente la “gran verdad central…en la investigación de las Escrituras: Cristo y él crucificado”.

JUD LAKE

A CAPACITACIÓN del Espíritu Santo es indispensable para la predicación cristiana. Puede ser que los predicadores sean capaces de presentar la letra de la Palabra de Dios y de mantener la atención de su audiencia con relatos interesantes y presentaciones de PowerPoint, pero la siembra de la semilla del evangelio no será fructífera sin el poder vigorizante del Espíritu Santo.
Los predicadores han descrito esta capacitación como “la unción sagrada”, “la unción divina” y “la sonrisa de Dios”. En años recientes este tema ha recibido atención significativa en la literatura homilética. Arturo G. Azurdia III, por ejemplo, en su excelente obra Spirit Empowered Preaching: Involving the Holy Spirit in Your Ministry (Predicación facultada por el Espíritu: Implicar al Espíritu Santo en tu ministerio) escribe que “el poder del Espíritu Santo es el sine qua non de la predicación evangélica, aquello sin lo cual nada más importa”. Luego aporta una útil descripción de esta capacitación: “Puede que sorprenda a algunos que cuando el Espíritu de Dios asiste con poder a la predicación de la palabra, uno de los indicadores comunes es un sentido intensificado de quietud ; no de gritos y éxtasis, sino más bien de un silencio que no es natural. Las toses endémicas cesan. El movimiento incesante de la gente de la gente es superado por una quietud espectacular. Y, de repente, pese a que los rasgos del rostro del predicador y el timbre de su voz sigan siendo claramente suyos, las palabras que brotan de su boca parecen haber sido enviadas desde el propio cielo”.

Hábito 1: Haz a la oración y al ministerio de la Palabra preeminentes en tu ministerio semanal. Este hábito refleja la práctica de los apóstoles en la iglesia primitiva: “Así nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la palabra” (Hechos 6:4, NVI). En lugar de ceder a la presión de los ministerios sociales, que consideraban importantes (Hechos 6:3), los apóstoles circunscribieron sus prioridades a la oración y al ministerio de la Palabra. El resultado fue que “la palabra de Dios se difundía: el número de los discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén, e incluso muchos de los sacerdotes obedecían a la fe” (Hechos 6:7; véase también 9:31; 11:21, 24; 12:24; 13:48, 49; 16:5; 17:11, 12 19:20).
Estas prioridades apostólicas deberían ser las nuestras. “Si eres pastor”, afirma David Eby, “tus prioridades, tu llamamiento, tu centro de atención están predefinidos. No hay ‘síes’. ‘peros’ ni ‘quizas’ que valgan. El tiempo que dedicas a la predicación y la oración son, para ti, como la ‘hora de máxima audiencia’”. De modo que oremos a diario –de manera apasionada, con seriedad, propósito y decisión. Hagamos de la oración una “fuerza evidente que lo impregne todo y un ingrediente que le dé color a todo” lo relacionado con la preparación de nuestros sermones y con nuestra predicación. Trabajemos diligentemente en el sermón toda la semana sin dejar las cosas para después, interpretando, aplicando e ilustrando el texto con fidelidad y precisión. Vivamos en la palabra y prediquemos de ella. No cabe duda de que un hábito como este sentará las bases para la acción poderosa del Espíritu en nuestra vida y predicación.

Hábito 2: Vela atentamente por ti mismo, día a día, hora a hora. En su mensaje de despedida de los ancianos efesios, Pablo les advirtió: “Tengan cuidado de sí mismos u de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos para pastorear la iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre” (Hechos 20:28). Richard Baxter, famoso pastor puritano en la Inglaterra del siglo XVII, expuso este texto de forma pormenorizada en su obra clásica The Reformed Pastor (El Pastor reformado). Dirigiéndose con contundencia a los predicadores, escribió: “Ocupaos de que la obra de la gracia salvadora se manifieste por entero en vuestra propia alma. Cuidad de vosotros, no sea que os veáis privados de esa gracia salvadora de Dios que ofrecéis a los demás, y lleguéis a ser extraños para la obra eficaz de ese evangelio que predicáis; y no vaya a ser que, mientras proclamáis al mundo la necesidad de un Salvador, vuestro propio corazón vaya a descuidarlo y que tengáis carencias de un interés en él y en sus beneficios salvadores”. Estas palabras deberían ser memorizadas por todos los predicadores de la Palabra de Dios. ¿Cómo puede alguien esperar se ungido con el Espíritu Santo en el púlpito sin una rendición día a día, hora a hora, a su poder transformador? De modo que, ten cuidado de tu conducta y de tu enseñanza. Persevera en todo ello, porque así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen” (1 Timoteo 4:16).

Hábito 3: Ensalza a Cristo, y a este crucificado. La predicación apostólica impregnada de la persona y la obra de Jesucristo (Hechos 5:42; 8:5, 35; 9:20; 11:20; 17:2,3). El centro de atención de Pablo era Cristo: “Yo mismo, hermanos, cuando fui a anunciarles el testimonio de Dios, no lo hice con gran elocuencia y sabiduría. Me propuse más bien, estando entre ustedes, no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo, y de este crucificado” (1 Corintios 2:1, 2). Por lo tanto, nuestro centro de atención hoy debería ser el mismo. Al ocuparnos en la preparación del sermón a lo largo de la semana, mantengamos suprema en nuestra mente la “gran verdad central…en la investigación de las Escrituras: Cristo y él crucificado”. Hagamos, por lo tanto, un hábito de ensalzar a Jesús en nuestros sermones y que no forme parte de ese hábito nada que pueda ser un suplemento de Cristo, sabiduría y poder de Dios. No hay duda de que mantener este énfasis cristocéntrico producirá una “demostración del poder del Espíritu” (1 Corintios 2:4) durante nuestra predicación.

Hábito 4: Humíllate ante Dios. “Me presenté ante ustedes con tanta debilidad que temblaba de miedo. No les hablé ni les prediqué con palabras sabias y elocuentes sino con demostración del poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no dependiera de la sabiduría humana sino del poder de Dios” (1 Corintios 2:3-5). Una de las características más llamativas de estas palabras es la ausencia de confianza en uno mismo. Dejando a un lado sus aptitudes retóricas y descartando sus inclinaciones filosóficas, Pablo transmitió sus mensajes a la iglesia de Corinto con confianza exclusiva en el poder del Espíritu Santo para cambiar vidas. Su predicación “no era cuestión de palabras seductoras ni de sabiduría humana” exclamó H.M.S. Richards padre, “sino una demostración, una manifestación, una evidencia, una prueba de Espíritu y de poder”. Por ello, Pablo se humilló y puso su confianza en el poder de Dios y no en su propia sabiduría.

Debemos seguir el ejemplo de Pablo. El poder en la predicación no procede de hablar con voz tonante, de gesticular, sermonear con elocuencia ni de argumentos brillantemente concebidos, sino de “una demostración del poder del Espíritu”. Sin embargo, la experiencia de este poder empieza en el estudio cuando nos humillamos, descartando la confianza propia y rindiéndonos al poder del Espíritu. Hay que trabajar con intensidad en el sermón, pero no hay que confiar en nuestra propia sabiduría y destreza homilética hasta el punto de excluir al Espíritu. “Nuestra mayor fortaleza se produce cuando sentimos y reconocemos nuestra debilidad”. Después podemos experimentar la sonrisa de Dios, aun antes de que nos levantemos para predicar.

Hábito 5: Predícate el sermón a ti mismo primero. Richard Baxter defendía con entusiasmo la noción de que los predicadores se predicasen a sí mismos. “Predicaos a vosotros primero”, advertía, “antes de predicar a la gente, y con mayor celo”. A los predicadores que no ponen en práctica lo que predican, les decía: “Si tan desdichado caballero aceptase mi consejo, haría un estrado, y llamaría a su corazón y a su vida a rendir cuentas, y se pondría a predicarse a sí mismo, antes de volver a predicar a los demás”. En The Saints’ Everlasting Rest (El descanso eterno de los santos), sostuvo que todo cristiano debería intentar convencer a su propio corazón “con el lenguaje más conmovedor y enternecedor” e instarlo “con los más serios y poderosos de los argumentos” Este “soliloquio”, “o predicarse a uno mismo”, como el lo describió, puede aplicarse perfectamente a los predicadores contemporáneos. Necesitamos tomar nuestros sermones terminados y predicárnoslos con seriedad y pasión, atendiendo nuestras propias admoniciones y permitiendo que el Espíritu obre en nuestro corazón antes de llevar el mensaje a la gente. Esto nos preparará para predicar con mayor pasión y entrega al Espíritu Santo.

Hábito 6: Ora repetidamente y de manera específica para obtener la capacitación del Espíritu Santo. “Si ustedes, aun siendo malos, saben dar buenas cosas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!” (Lucas 11:13). Aunque esta promesa se aplica a todo cristiano, ciertamente tiene aplicación al predicador. Por lo tanto, presentémosla ante Dios y reclamemos esta gran bendición a lo largo de toda la semana para nuestro sermón. Nunca te canses de pedir específicamente esta capacitación eficaz, de cara al sermón. El renombrado expositor D. Martín Lloyd-Jones fue quien mejor lo expresó: “¡Buscad al Espíritu! ¡Buscadlo! ¿Qué podemos hacer sin él? ¡Buscadlo siempre! Pero id más allá de buscarlo; esperad en él (…). Esta ‘unción’ es el bien supremo. Buscadla hasta que la tengáis. No os contestéis con menos”.

Hábito 7: Afirma en tu corazón el ministerio del Espíritu Santo inmediatamente antes y después de predicar. El Tabernáculo Metropolitano donde predicó Charles H. Spurgeon en los últimos años del siglo XIX tenía 15 peldaños que daban al púlpito por cada lado haciendo una gran curva muy marcada. Se ha dicho que mientras Spurgeon subía lentamente esas escaleras antes de predicar, mascullaba para sí en cada peldaño “Creo en el Espíritu Santo”. En el contexto de la búsqueda del Espíritu a lo largo de la semana, sugiero que, cuando nos acerquemos al estrado a predicar, elevemos repetidas veces a Dios esta afirmación y oración: “Creo en el Espíritu Santo y reclamo su unción sobre mi mientras predico la Palabra”. Después prediquemos con pasión, con la confianza de que Dios ha oído nuestra oración. Cuando el sermón concluya, démosle las gracias a Dios repetidamente por la benevolente presencia de su Espíritu y dejemos los resultados en sus capaces manos.

Ojala que estos siete hábitos lleven el impresionante poder del Espíritu Santo a nuestra predicación de la Palabra.

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